Tormenta entre los baluartes de San Sebastián y Santa Catalina. Cádiz

"Cada vez que utilizamos el término naufragio, la imaginación se desboca. Evocamos escenas dantescas de pasajeros aterrorizados, tripulaciones desbordadas, capitanes atónitos, comportamientos egoístas reflejo de la preocupación prioritaria por la propia salvación, o conductas plenas de altruismo y generosidad. Si a todo ello le unimos un marco de fuerzas naturales salvajes e incontrolables, tormentas, tempestades, huracanes, oleajes embravecidos y vientos ululantes, el efecto dramático se multiplica (...) como consecuencia del carácter misterioso, incontrolable, e inmenso de los océanos, y que los descubrimientos geográficos y la expansión de las rutas comerciales europeas poco hicieron por dominar. Tan sólo con el advenimiento de la navegación a vapor a partir de mediados del siglo XIX, que multiplicó las velocidades, y la invención de la telegrafía sin hilos en los primeros años del siglo XX, que acabó con las incomunicaciones, el mar comenzaría a perder ese aura de elemento ignoto, ilimitado, y al margen de cualquier control por parte del hombre" (A. Morgado)